Judith era negra. Tan negra que por la noche podía esconderse entre
las sombras de la gente. Eso le daba gran ventaja sobre los demás seres
y enseres del lugar.
Venía de lejos. Huía. Siglos de camino. Judith se escurría
libre en la oscuridad. Se maneja bien. Dicen que le había cortado la
cabeza a un hombre. Luego cuentan toda una serie de historias sobre lo que hizo
con ella ...( se comió los ojos aliñados con vinagre, tejió
un pañuelo con el cabello, se colgó la boca del ombligo como un
amuleto, con la nariz hizo un dedo postizo, con el que señalar a las
personas no deseables...). Yo la encontré en varios cuadros. Judith.
Tenía las manos y los ojos grandes. La nariz afilada apuntaba siempre
a una dirección distinta. Sonreía a menudo, como a quien le ha
tocado una máscara de persona feliz. No hablaré más de
él por pudor. Con estos datos basta, creo. Además, lo verdaderamente
importante es su encuentro con Judith. Fue en el laberinto.
Llegó a la ciudad en la noche, camuflada entre la no luz de los árboles,
las torres, de las calles. Hacía calor. El agua verde estancada apenas
humedecía el aire. El asfalto suspiraba después del sofoco de
las horas de sol. Era como pisar la piel de un volcán.
Caminó hasta llegar a los pies de una gran puerta situada en un muro
rojo, con un león dibujado. Aspecto de puerta real, de caballos y banderas,
de gentes aplaudiendo alegres al séquito que sale y entra por la gran
puerta de la pared roja y el león. Idiotas -pensó Judith-. Dentro,
sus casas deshojadas. Casas vacías con patios árabes, salones
con mapas de conquistas, con imágenes de lanzas atravesando a los conquistados
, salones con grandes jarrones amarillos en las paredes amarillas y azules.
Casas deshabitadas ahora pisoteadas por los turistas, fotografiadas, expropiadas
por las miradas de los habitantes del presente y por Judith, la chica negra
que huye en la oscuridad.
Andar por allí sola, en la noche, era una sensación intensa. Era
como si el silencio diera la oportunidad de que los ecos de seres de otras épocas
salieran de detrás de las columnas, de entre los azulejos de colores
( verdes, azules, tierra). Por fin los del presente se había marchado
( seguían su "caníbal tour") y ahora sus pisadas no
significaban nada. Las voces del pasado salían al encuentro de otras
voces amigas. Judith estaba allí. Las voces la reconocieron porque pertenecían
a seres muertos a los que su experiencia en la eternidad, les había dado
artes para reconocer a cualquier habitante del presente, por muy negros y escurridizos
que fueran. Una voz de mujer , se acercó a saludarla:
-¿Te escondes?
-Me vienen siguendo.
-¿quién?
-Todos
-¿Todos.. por qué?
-Porque no me quieren, me detestan, me odian. He de tener cuidado. Es peligroso
estar.
-¿Estar dónde?
-En cualquier lugar; estar, es peligroso.
Y salió corriendo dejando atrás los patios árabes y la
fuentes, las líneas y los colores en la pared, las salas vacías,
llenas de los del pasado...el silencio que da el turno a la voz de los muertos.
Entró entonces en el palacio de los jarrones amarillos y los mapas (
pensó que le gustaba mucho más el palacio anterior). Escuchó
un ladrido profundo, procedente de un estómago enorme y atroz. Pensó,
pensó que era el eco de un perro negro del pasado. No lo podía
ver. El ladrido se le acercaba por la espalda. No es bueno que los perros te
huelan el miedo, ni siquiera un perro muerto. No moverse, no sudar, el corazón,
quieto, yo no estoy, peligro. El ladrido incesante le pasó de largo.
Como un trueno . Se hinchó la tripa de aire y lo soltó violentamente,
con un suspiro, casi un lamento. Sus piés mojados ahora. Era una saliva
espesa. El jadeo del perro negro le calentaba los tobillos. Judith decidió
no respirar. Notaba el frío de los dientes del perro muerto rozándole
la piel. Como una advertencia. Mientras, otro quejido, leve, otra presencia,
le subía por los hombros hasta el oído derecho. Dijo alguna palabra.
Pero ya había perdido el conocimiento. No es bueno no respirar.
No había sido bien recibida por los seres del pasado de éste palacio.
El perro negro la enganchó con sus encías de hierro por la ropa,
y la llevó arrastrando hasta el jardín. La echó como a
un perro.
Es probable que pasaran algunas horas, o algunos siglos ( el tiempo es difícil
de medir). El caso es que Judith se despertó entre la hierba. De fondo,
el sonido de agua cayendo. Eran gotas sobre un estanque encerrado entre arcos
grandes y dos hileras de arcos pequeños a los lados, como pasillitos,
donde los seres del pasado ( los del primer palacio) se acomodaban. Aquel lugar,
de tan ayer, parecía una imagen del futuro. Un futuro agradable con baños
elegantes del pasado. Se quedó mojó la cara. El agua estaba muy
fría. Lloraba. Lloraba de espanto. Una voz quiso acercarse pero Judith
salió corriendo. El jardín era muy grande, con más fuentes
y más hierba, y más bancos y sexo clandestino de los del pasado.
Corrió hasta encontarse rodeada de árboles puntiagudos como cipreses.
Dejaban un camino muy estrecho para avanzar. No se veía el final, sólo
más verde y ahora a la derecha, ahora a la izquierda, de frente, mejor
es no volver atrás. ¿alguien viene atrás?. Hay más
voces de seres perdidos en el laberinto1.
1.- El lugar aquí descrito existe. Se encuentra en una de las ciudades donde
hayarás "El Laberinto Rojo". Un laberinto dentro de otro.
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