Una mañana nos regalaron un conejo de Indias.
Llegó a casa enjaulado. Al mediodía le abrí la puerta de
la jaula.
Volví a casa al anochecer y lo encontré tal como lo había
dejado:
jaula adentro, pegado a los barrotes,
temblando del susto de la libertad.
Eduardo Galeano
El Miedo
Se llama Osman, pero en realidad no tiene nombre. Podría ser cualquiera,
o todos a la vez, o ninguno de ellos. No importa. ¿A quién le
importa?.
Es un niño de la calle. Huyendo de malos tratos, de violaciones reiteradas,
de un padre desconocido y de una madre demasiado harta de la vida como para
incitar en sus hijos el deseo de vivir las suyas, Osman escapa. Huye de su jaula
para refugiarse en otra más grande, con más gente, con más
opciones, pero igual de opresiva y represiva que la anterior: las calles de
Tegucigalpa.
Este chico tampoco tiene edad. El hecho de que sea considerado un "niño
de la calle" le sitúa dentro del círculo: entre 7 y 18 años.
Pero tampoco importa. Lo importante no es su edad, sino su vida. ¿Sabemos
algo de esta otra vida?
¿Qué imagen nos pasa por la mente cuando pensamos en la niñez?
Vemos una cara sonriente, quizás un gesto de enfado, de cabezonería.
Pero inevitablemente pensamos en la candidez, en la inocencia, en una imagen
sincera de ternura. Y es cierta. Esta imagen es real como la vida misma. Es
extrapolable a cualquier niño o niña, en cualquier contexto. Pero
¿es completa?. Obviamente no. Lo que hay debajo de esa cara es un cuerpo
marcadamente distinto según el lugar donde se haya criado esa persona.
Y dentro de su cerebro fluirán pensamientos distintos, esquemas diferentes.
Y su piel nos hablará a gritos de sus vivencias, de sus necesidades,
de sus anhelos. Cada cicatriz, cada vientre, cada rostro nos muestra realidades
opuestas, sangrantes a veces, envidiables otras.
Osman nos mira y sin hablar dice todo. Su mirada perdida ya no aguanta más
pega. Inhalando cola pasó la mañana, y el sol mortecino y castigador
de Honduras le nubló la visión. Su cara sucia de tiempo delata
su falta de hogar. Sus ropas lo confirman. La camiseta que viste dice "Benalmádena.
Sol y playa" e invita a la reflexión, cuando no a la risa. La mugre
acumulada en los pantalones y en sus zapatos raídos confirma las sospechas
(innecesarias, por otra parte, pues solo su mirada ya es suficiente). Desnutrido.
Atacado por los mosquitos que la torpe Naturaleza puso donde nadie necesitaba.
Trigueño, curtido por ese sol de capital, ese color de piel que no se
sabe si fue generado por sus rayos o por la misma polución negra de sus
calles sin asfaltar. Se descubre el pecho: nueve cicatrices, nueve disparos
de bala. Una sola reyerta, una sola noche, una sola persona le ayudó
a salir de aquello. Y salió. ¿Seguir luchando?. ¿A quién
le importa?
Estos niños de la calle son abandonados con frecuencia por padres demasiado
pobres como para alimentarse a sí mismos. Sin embargo, la gran mayoría
de ellos son en verdad obligados a huir, a escapar del abuso sexual y físico,
y se enfrentan entonces a un futuro de crimen, de prostitución y muerte
prematura, a menudo violenta. Como el conejo de Galeano, quedan atrapados en
la misma jaula, una y otra vez. Salen, escapan, corren y se alejan del ambiente
que no desean. Pero no pueden escapar del sistema. Cuando las oportunidades
de empleo son nulas y comer es un lujo, estos niños de la calle inventan
trabajos informales y en muchos casos caen en la prostitución como único
recurso. Sus primeras experiencias sexuales suelen ser, en más de la
mitad de los casos, con familiares cercanos (padres, tíos o tías,
hermanos, primos...), mientras que muchos de ellos tuvieron su primer contacto
sexual con un desconocido. En la ciudad de Guatemala, el 70% de los niños
de la calle mantiene relaciones sexuales 1 o 2 veces al día, y el 25%
más de 4 veces cada día.
Pero no importan a nadie. Su existencia es consustancial a la existencia de
la pobreza. Y a alguien se le ha de culpar por la delincuencia, por el tráfico
de drogas, por la prostitución, por la marginalidad. Y se les culpa.
Y se les castiga. Amnistía Internacional y otras organizaciones sociales
denuncian centenares de casos de abusos, torturas, vejaciones y malos tratos.
En la ciudad de Guatemala, un grupo de 5 niños de la calle charlaban
en un parque, cuando de un camión negro salieron tres hombres armados.
Les arrastraron al interior y partieron. Los hombres (policías nacionales
con nombres y apellidos, pero podrían ser otros muchos anónimos)
rociaron las caras de los niños con un producto químico y envolvieron
sus cabezas en una bolsa obligándoles a inhalarlo, lo que les hizo desmayar.
Fueron llevados a un cementerio donde vieron a un niño que, colgado de
un árbol por las manos, era apaleado. Solo una niña que no fue
maniatada logró escapar. Inconsciente, fue hallada en la basura de una
esquina, auxiliada y llevada a un hospital. Contó todo. Los niños
fueron encontrados 11 días después. Dos de ellos estaban sin orejas.
A todos les habían arrancado los ojos, cortado la lengua con unos alicates
y tenían un tiro en la cabeza. Los policías fueron sometidos a
una investigación que derivó en un juicio. Salieron en libertad
al poco tiempo. ¿Caso aislado o peste endémica?.
La libertad no es una opción en las calles de Centroamérica.
Las personas que intentan asistir a los niños de la calle tropiezan una
y otra vez con una lacra fundamental: la pobreza no conoce adversarios que estén
a su altura. El miedo de los niños a crecer marca sus vidas y la de sus
semejantes. Las familias inexistentes crean niños y niñas inexistentes.
Rostros, expresiones, cuerpos, víctimas potenciales de abusos y vejaciones.
Perpetuando lo que siempre fue, lo que probablemente seguirá siendo.
Cuando uno nace nada importa. Cuando uno crece, el miedo a un futuro que se
acerca inexorable, amenazante, se cierne sobre muchas cabezas. Sobre demasiadas.
Pero no importa. ¿Ventana abierta a la esperanza? Claro que es posible,
aunque es más fácil cerrarla que mantenerla abierta. La conciencia
de esta situación, de esta realidad es un deber de todos y cada uno de
nosotros, de los que pensamos que otro mundo es posible. Aunque no probable.
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