I EL TÓPICO
Una vez me sometieron a un TAC en una clínica con olor a zotal. Yo iba
solo y, ante la luz uniforme y limpia de la habitación, mi cuerpo tenía
el color de la carne que lleva mucho tiempo en el frigorífico. Más
que asustado estaba nervioso: al desabrocharme los botones, me temblaban las
manos como cuando desnudamos por primera vez a un desconocido. Sentí
un miedo tenue, un aviso. Lo sentí incómodamente familiar, como
las zonas calientes de una piscina al aire libre. Lo ajeno empezaba a someterse
a la cotidianidad de mi cuerpo y eso me producía una dulce desazón,
como quedarse un lunes de colegio en casa escuchando los ruidos de la calle...
II LO EXTRAÑO
Siempre suelo quedarme solo cuando la noche empieza a ponerse interesante.
Entre grupos de desconocidos voy ofreciendo mi copa y mi tabaco, y el chivato
de mi paquete: el éxtasis tiene ya precio y es barato. En esos días
de lluvia, en los que el mundo parece víctima de una única enfermedad
intermitente, me refugio en el coche de gente extraña y esnifo cocaína.
Me encanta poder explicarme por primera vez ante la gente. Ahora le toca el
turno a otro y, entonces, fumo con la inquietud del acontecimiento por llegar.
Me hundo entre el olor a tierra mojada y perfume de mi propia bufanda. Quisiera
llegar a casa y descalzarme, hacerme una infusión y escuchar el último
de Saint-Etienne, o las sonatas para violín y piano de Mozart. ¿Soy
yo el que está aquí, entre tanto rostro irreconocible? Ahora aplasto
el moflete caliente sobre el cristal empañado del coche y me aterra pensar
en el desvío en el que me encuentro.
III LA HISTORIA
Dicen que en la plaza de los tiempos se puede escuchar el frufrú de
los envoltorios de comida rápida. Dicen que, cuando el sol cae en vertical
manchando la coraza de los rascacielos, los desconocidos se consumen con ojos
de vacuno moribundo. También dicen que muchos matan el tiempo rodeando
con un círculo de tinta roja todas las emes mayúsculas de las
primeras páginas de los periódicos. Que el neón de los
anuncios incita a fumar a grandes caladas (y a grandes zancadas) y que la nieve
se funde a una velocidad parecida a la del corazón cuando el viento de
septiembre pasa por entre los dedos enlazados que forman nuestra mano y la de
nuestro amante. En la plaza de los tiempos crece la incertidumbre como el musgo
de las catedrales, y siempre hay un trozo de plástico dispuesto a enredarse
en nuestros tobillos. Eso dicen. Yo nunca estuve allí, pero me lo han
contado...
IV EL DESEO
Entre las series más sexy-trepidantes y funky-urbanas del mundo mundial,
Sexo en Nueva York es mi preferida. Sus protas son promiscuas, solteras y fabulosas.
Odiadas tanto por antenatreseros como por lemondiplomatiqueros (vamos, como
yo), víctimas de la decadencia y el individualismo (de los que gays y
mujeres tenemos fundamentalmente la culpa), canjeando familia por amistad (porque
los tiempos cambian), fuman a saco y esquivan su miedo al ridículo a
golpes de tarjeta de crédito en boutiques de lujo. Los exteriores y los
tíos que salen en la serie son de infarto y los interiores tienen esa
confortabilidad color caoba de las nuevas tiendas de Carolina Herrera. El cinismo
produce vértigo pero es lo que mejor le va a un abrigo largo.
V EL MIEDO
Si algo me da realmente miedo es que nadie entienda este artículo.
Besos otoñales.
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