Quizá una de las emociones que más comúnmente ha acompañado
al ser humano en su vida cotidiana es, precisamente, la que consta como título
del presente artículo. Sin embargo, llegar a una descripción exacta
del miedo, en tanto que experiencia (o de cualquier otra emoción), es algo
que sigue siendo privilegio exclusivo de la poesía. Debido a esta notoria
limitación, los psicólogos hemos optado por intentar dilucidar la
naturaleza de los fenómenos emocionales desde perspectivas un tanto diferentes.
Lo más sencillo sería empezar por los aspectos más generales,
es decir, preguntarnos qué características comparte el miedo con
el resto de emociones (alegría, tristeza...).
Hace ya más de dos décadas, el profesor Peter J. Lang, de la
Universidad de Florida, ofreció una definición de emoción
que, aún hoy, constituye el marco de referencia para los psicólogos
que trabajamos en este campo: "las emociones (en nuestro caso el miedo)
son disposiciones para la acción". Esto implica que no podemos concebir
el miedo como una conducta en sí misma, sino más bien como un
estado preparatorio del organismo que lo experimenta; estado que podría
describirse en base a tres niveles de análisis: 1) La experiencia subjetiva
(lo que una persona dice experimentar cuando siente miedo), 2) las respuestas
fisiológicas que la acompañan (cambios en la tasa cardiaca, sudoración,
sequedad de la boca...) y 3) las conductas que conlleva (escapar de una situación
que nos provoca miedo o evitar ese tipo de situaciones).
Ahora bien, ¿por qué en ocasiones sentimos miedo -no sólo
los seres humanos, sino también los miembros de otras especies animales-
y cómo se desencadena? Lo primero que debemos tener en cuenta es que
el miedo, al igual que la alegría, la tristeza o la ira -por poner algunos
ejemplos- es una "herramienta" de la que disponemos para poder hacer
frente a determinadas circunstancias o hechos que se producen en nuestro ambiente.
Si no pudiésemos sentir miedo estaríamos privados de algo fundamental
para nuestra supervivencia: la facultad de evaluar una situación como
peligrosa. Por tanto, en contra de lo que cualquiera de nosotros diría
en un primer momento, dada la naturaleza aversiva del miedo (a nadie le gusta
esa sensación), debemos considerar que tal emoción supone un sistema
de alarma estupendo cuyo fin último es preservar la vida.
Sin embargo, tal y como ocurre con todos los aspectos referentes al ser humano,
el miedo también puede resultar, más que algo adaptativo, un sentimiento
que interfiere con el resto de nuestras actividades. Casi todos nosotros conocemos
o hemos oído hablar de alguien que padece algún tipo de fobia,
es decir, que emite respuestas de miedo exageradas ante estímulos (situaciones,
objetos, personas...) que, objetivamente, no suponen una amenaza real para su
supervivencia-pensemos por un momento en alguien que tiene fobia a hablar en
público-.
La pregunta (una de ellas) podría ser: ¿cómo algo que,
en principio, tiene por objeto protegernos puede llegar a complicar tanto nuestra
vida? Bien, lo que ocurre en estos casos ya ha sido apuntado un poco más
arriba: el problema no es el miedo en sí, sino el hecho de que tal respuesta
se dispare en un contexto inapropiado (como en el caso de la persona que tiene
miedo a hablar en un auditorio lleno de personas), o que haga falta realmente
muy poco para que la experimentemos. De esta manera, cuando queramos saber si
nuestras reacciones de miedo son apropiadas o no, tal vez un primer paso podría
consistir en hacernos preguntas en base a los dos factores mencionados anteriormente:
si tal reacción es apropiada o no en relación al contexto en el
que se produce; y si se desencadena con demasiada facilidad. Esto, además,
no sólo supone una forma sana de enfrentarnos a nuestros temores, sino
que, de hecho, puede suponer un modo común de sentarnos a reflexionar
sobre todas y cada una de nuestras emociones.
|