Desde muy pequeño me enseñaron a atener miedo de la calle. Allí
estaban los extraños con los que yo no debía hablar. Había
atracadores y sacamantecas; fornicaban los amantes sin vergüenza; pululaban
las ratas; robaban los coches...Todo eran peligros para mi, que sólo podía
estar seguro en el hogar; esa caja fuerte adonde no llegaban el polvo de la calle
ni las miradas curiosas, esa celda particular pagada a plazos e igual a las 8.000
del barrio. Me enseñaron que la calle no era de nosotros era tierra de
nadie, un lugar sin personalidad ni propietario donde reinaba , por tanto, "la
anarquía".
Pero entonces qué hacían tantos policías en la calle?¿Tantos
letreros luminosos? tantas flechas mostrando la ruta autorizada? el sistema daba
una importancia contradictoria a la regulación de un lugar que, según
a mi me enseñaron, no era para estar en él, sino para pasar lo más
rápido posible.
Me sentía confundido, pero no había contradicciones en el fondo.
La calle es un sitio realmente peligroso...claro que no para nosotros, que somos
su gente, la gente de la calle, los habitantes del habitat que siempre fue nuestro
reflejo ( Cuando fuimos insolidarios, la calle fue la guerra; cuando fuimos compañeros,
la calle fue común; cuando tuvimos conciencia, la calle fue la revuelta).
Y la Calle
La calle es en verdad un sitio peligroso; pero no para nosotros, es peligrosa
para el poder. Allí no tenemos domicilio, no está nuestro nombre
escrito en el buzón, no circula en una sola dirección el pensamiento,
no hay nada que sea más mío que de nadie, no se encuentra seguro
el capital.
Por eso la tomaron. La tomaron con los coches y sus pasiones los guardias, con
la propaganda exhaustiva de los que deciden qué mensajes pueden difundirse,
con las fiestas beatas impuestas a quienes no quieren celebrarlas, con las mesas
de las tabernas más caras, con los policías, sus porras, sus garras
y sus cámaras.
Contra la apropiación del espacio común, hagamos de la calle lo
que es; la plaza del pueblo, no el carril de los coches. Hablemos, escribamos,
cantemos y actuemos en la calle; que la palabra y el goce no son recursos económicos
para que alguien compre los derechos exclusivos, sino bienes comunales. Bebamos
en la calle sobre umbrales y bancos, devolviendo las mesas al interior de las
tabernas. Andemos por la calle sin mirar a izquierda y derecha, sin mirar las
líneas del asfalto, sin mirar hacia atrás; mirando adelante. Saquemos
a la calle nuestras asambleas y discursos, nuestras migas y gazpachos, nuestros
cuadernos y pizarras...que somos la gente de la calle y somos quienes harán
la calle de la gente.
|