Entra una mujer, vestida de novia, mojada. Su ropa está gastada, manchada.
Lluvia. Unas maleta. En una mano, un trozo de pastel de boda. Ella como con la
mano, sin cuidado, sin formas. En suelo, un paraguas, un neceser y un espejo pequeño.
Lleva una flor cogida a su pelo. El velo atado a su muñeca. Su cara muestra
hambre. Hambre e inocencia. Hambre, inocencia y miedo. Espera. Come. Se va entreteniendo
con su vestido. Juega con él, a solas lo va descubriendo. Lo trata como
si le impresionase que fuera su cuerpo que está debajo. Como si no fuese
suyo y nunca pudiese serlo. Como si lo hubiese robado o como si hubiese tenido
que matar para conseguirlo. Se mira en el espejo del suelo. Se mira como esperando
su magia, en un carrusel de espejos que la deforman, que la encantan, que la transforman,
que la apartan de la lluvia, de las manchas del vestido y del hambre y del miedo.
Juega, juega con las imágenes que salen de los espejos. Ya no es sólo
ella quien está. Son muchas ellas que se van acercando a su vestido. Ella
presume. Presume de ser un vestido de novia, más allá de las manchas,
de la lluvia y de la tristeza de su sombra. Ella se esconde en su velo que la
aparte de las manchas, del hambre, del miedo. De la espera que la espera, del
momento señalado, de la saliva que ha de tragar en todas las horas que
han de llegar. De todo la esconde.
Súbitamente, ella oye pasos. Sale del carrusel, del encantamiento. Vuelva
a sentarse sobre las maletas. Se camufla en el pastel de boda que come miga a
miga, sin levantar la cabeza. Una sábana la separa del otro lado. Sí,
hay un otro lado con una silueta que se dibuja entre sombras. Una silueta difusa,
engrandecida, inmóvil.
Una mujer aparece al lado de la novia, va vestida con la condena de la grosería,
del ansia de aparentar ser lo que sus ojos anhelan, mientras su cuerpo la acaba
delatando: eres pobre. Lleva un trozo de pastel de boda. Lleva una flor en la
solapa. Lleva la marca de ser madre. Se acerca a la novia. Se acerca y la mira.
La acaricia. Le arregla el vestido, le lava con su pañuelo la boca. La
va tocando con la mirada de sentirla parte de ella, de ella como mujer que la
hizo, crió y condujo con velados caminos hasta ese momento, ese ahora
en el que dejará de ser su hija para ser esposa, para ser otra madre,
para criar hijas que se vestirán un día de novia, con hambre,
con miedo, con manchas, sin cuidado, sin protección.
No debes tener miedo La madre se deshacen en un gran abrazo. Ellas caen al suelo.
La novia comienza a llorar. Un llanto contenido, sordo, invisible que se escapa
en cada movimiento. La novia se va separando poco a poco de la madre, la va
rehuyendo, renegando. Con ira, una ira que retumba, una ira que la novia no
puede explicar, que la domina, la posee más allá de su posibilidad
de expresar algo, de defenderse. Un ira que se mira en el odio.
La madre la mira a través de su reflejo en el suelo. A través
de la vergüenza de si misma que quizá se confunda con la cobardía
de no abrir los ojos. La novia se ha parado. La madre se ha parado.
Queda pastel. Otra mujer aparece desde la penumbra. Es una fotografía
distorsionada de la novia. Es la novia tras una guerra. Es la novia con los
ojos en violeta. Es la cara manchada, es las manos sucias, el pelo enzarzado,
es el maquillaje de la calle. Es descalza y es dura. Va hacia el pastel, con
furia, se lanza sobre él. Como un niña salvaje come con furia
pero sin ira.
Lleva una flor cogida del pelo. El velo atado a su muñeca. Su cara muestra
hambre. Hambre e inocencia. Hambre, inocencia y miedo. Espera. Come. Se va entreteniendo
con su vestido. Juega con él, a solas lo va descubriendo. Pero lo hace
con espasmos. Con dificultad. Al final, encuentra el espejo Se mira como esperando
su magia, en un carrusel de espejos que la deforman, que la encantan, que la
transforman, que la apartan de la lluvia, de las manchas del vestido y del hambre
y del miedo. Juega, juega con las imágenes que salen de los espejos.
Ya no es sólo ella quien está. Son muchas ellas que se van acercando
a su vestido. Ella presume. Presume de ser un vestido de novia , más
allá de las manchas, de la lluvia y de la tristeza de su sombra. Ella
se esconde en su velo que la aparte de las manchas, del hambre, del miedo. De
la espera que la espera, del momento señalado, de la saliva que ha de
tragar en todas las horas que han de llegar. De todo la esconde.
Súbitamente, ella oye pasos. Sale del carrusel, del encantamiento. Pero
no vuelve a sentarse sobre las maletas. Ni se camufla en el pastel de boda que
ya no necesita, levanta la cabeza del suelo y mira a la sábana que la
separa del otro lado. Sí, hay un otro lado con una silueta que se dibuja
entre sombras. Una silueta difusa, engrandecida, inmóvil. Y ella la enfrente
como si cada silencio, cada segundo, cada no movimiento de la sombra fuese un
insulto, un escupir en la cara, un odio profundo sin palabras, sin temores,
sin futuro. Una mirada clavada en la sabana que se va perdiendo por las extremidades
de su cuerpo hasta hacerse puñal en cada mano. Puñales que agarran
con instinto, con cólera. Roja, viva, ardiendo, insofocable. Es el último
acto de defensa.
Pero súbitamente se gira, y mira atrás. ¿Y a quién
encuentra? A la otra novia y a su madre. Porque ésta también es
su madre, a la que reconoce y a la que mira directamente a los ojos. Ya no hay
más cuchillos en su manos. Ya no hay más cólera, ya no
hay más veneno. Ya no existe sombra en la sábana. Ahora hay tres
mujeres que son dos, y que en algún tiempo fueron una.
No tengo miedo. No tengo miedo, Mamá. Porque ya lo se todo. Porque ya
conozco el secreto. Porque ya estoy manchada. Porque estoy sucia no tengo miedo.
Porque tengo hambre, no tengo miedo. Porque no soy silencio, no tengo miedo.
Porque no soy más.
La madre intenta algo. ¿Huir? ¿La dejan? No las dos hijas van
tras ella. La cogen y la tiran al suelo. Con fuerza levanta su falda, y sacan
una bolsa. Abren la bolsa. De la bolsa caen moneda doradas. Es el secreto. El
amargo secreto. La triste boda se descubre, querido público: no más
que monedas doradas y la hija que come con hambre, que juega como niña,
que se levanta con inocencia, no más que monedas y la hija ya no comerá
con hambre, ya no jugará como niña, ya no se levantará
nunca más con inocencia, no más que monedas, que mancharán,
que ensuciaran, que olvidarán para perdurar para siempre. No más
que monedas por la novia, sin armas, sin cuchillos, sin nada que sea ese vestido
blanco que no defiende, sino la delata, la hace víctima. No más
que monedas. Quién ofrece más.
Porqué no hay mujeres En algún lugar de la lejanía, en
algún tiempo pasado o presente fue decretado que no más mujeres
podrían salvarse de ser compradas, vendidas, emprestadas, confiscada,
usuradas, extirpas y divididas a la luz del día y de la noche . . . se
dijo que era obligatorio, por orden divina, manifestada a través de los
representantes de la espiritualidad entre los hombre, se explicó que
no había que explicar, ya que lo divino no ha de ser explicado. Entendióse
que esa era, sería y será, que no más mujeres serían
libres de sus propios destinos. Y el pueblo que por algo es pueblo, obedeció,
calló y tragó su deber. Decidiose que no se hablaría más
y que, si por accidente, alguna hembra venía a escapar, ésta tendría
que desaparecer. Por magia, por encantamiento, o por puro ahogamientos en las
frías aguas de aquel rió en el que se lavaban las sabanas rojas
de la mentira, porque callar es mentir. Y no hay mayor ofensa que decidir olvidar. Hubo casos de mujeres que
se resistían, y desparecieron, otras se olvidaron de lo que era deber,
y las olvidaron en profundas cámaras oscuras, Y hubo heroínas
que por serlo, se dieron a la fuga. Se prohibió ser mujer libre nada
más y nada menos. Porque lo divino es divino, porque lo humano no puede
entender lo divino, y porque el silencio es una mentira. Y se dictaminó
que las madres de hijos hambrientos serían las horribles acusadas de
recibir las monedas doradas que sólo servirían para tener un boca
menos que mantener hambrienta y otras que sofocar en el tiempo que las monedas
doradas se convirtiesen en alimentos, porque si más dura es la vida más
dura es ser madre de vida.
Una hombre Viste ropas de pastor puritano. Gran sobrero, capa, su cara esta
oculta en las sombra. Una sabana lo separa de un otro lado. Por la sábana,
hay un agujero. Cada paso que da el pastor retumban, como si un eco diabólico
quisiese hacer más terrorífica su presencia. Enciende una pipa,
y comienza a fumar como si el infinito cupiese en cada uno de sus movimientos.
La penumbra lo acompaña. Reza con deleite y con pasión dormida.
Mira al cielo con el placer de quien recibe el beneplácito de una orden
que desea ejecutar.
Poco a poco, va desprendiéndose de las ropas que lo hacen pastor, para
quedarse, poco a poco, pedazo de cuerpo blanquecino, amorfo, sucio aunque haya
sido lavado mil veces. El pasto no es más pastor. Es puritano, sólo
y exclusivamente eso, un trozo de carne luterana, católica, beata, bendita,
dignificada y creyente. Su mano se levanta y corre la cortina. Ya no hay más
sabana. Ya no hay más otro lado. Ya todo es un único lado, sin
escapatoria.
Ya no hay secreto. Ya no hay espera. Sólo hay una chica vestida novia
que tiembla. Tiembla mucho. Tiembla tanto que su cara de chica hambrienta, chica
que jugaba con su vestido, que comía migas del suelo, que recordaba a
su madres suavizando el manto de miedo que llevaba puesto, ya no se ve más.
O quizá esté comenzando de dejar de ser. Una gran mancha comienza
a salir de su vientre. Y sus ojos se cierran para nunca ver más como
antes creyó que veía. El hombre se va dirigiendo a ella con calma,
con mucha, muchísima calma. La triste boda llega a su final.
Para Ainhoa, Patricia y para el El Laberinto Rojo
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