Miedo al padre, figuro confusa y autoritaria que se incrusta en la inconsciencia.
Miedo de aquel que me cruzo y no me mira porque sus ojos no ven. Miedo de su
miedo. Miedo a la porra que golpea con violencia y sin conciencia descarga su
odio y sus frustraciones, con licencia; miedo de quien se la da, de quien le
dirige, de quien me controla. Miedo a su libertad. Miedo.
Miedo y placer de sentirlo, de saber que lo tengo porque me lo inculcaron desde
antes de nacer, de saber que se esfuerzan diariamente en disfrazarlo de normas,
de orden, de cultura y de civismo porque realmente son ellos quienes temen,
son ellos quienes tienen miedo.
Y con esfuerzo acerco mi mano y te rozo, y una descarga me recorre...y siento
la vida que bulle dentro de mi. La alegría de volver a nacer, la excitación
de buscar caminos nuevos. Sensaciones que superan en intensidad al miedo que
va envolviéndose con la luz que ilumina a quien no me miraba y que al
hablarle ha sonreído.
Y con esa sonrisa clavada en mi cara las porras ya no me dan miedo, son tan
solo un triste espectáculo, un patético esfuerzo por mantener
un mundo que se les va, que saben que pierden en cada uno de los que encontramos
nuevos sentidos a la palabra LIBERTAD.
Tenemos el fuego que fundirá el hielo
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