COLABORACIONES
  107 TEMORES

          Quizás lo único que recuerde de lo que me enseñó aquel profesor de Cálculo Diferencial en la Ecole Speciale des Travaux Public de París, vecina a Saint Severin, sean las primeras palabras con que comenzó su curso. Todo lo que no puede medirse no existe, nos dijo sentado en la mesa frente al auditorio que temblaba cada vez que la línea del R.E.R. le recorría las entrañas, antes de darse la vuelta, empuñar la tiza y comenzar a dibujar números (los matemáticos no los escriben, los dibujan -escribirlos queda para los que al hacerlo no tienen la sensación de estarlos inventando); yo, mientras tanto, ya había dejado de pensar en descrifrarles el alma a las matemáticas que el nos explicaba, y cobijaba mi entendimiento en cómo medir la materia más íntima de mi vida, el miedo, algo que siempre me acompañaba, que siempre supuse a mi lado, pero que nunca había pensado en medir, y mientras él comenzaba a ensortijar unos pensamientos en otros, mientras se le comenzaban a anegar las pizarras de ecuaciones polimórficas de grado cuarto, de teoremas hermosos, esbeltos y sólidos como catedrales góticas, comencé a cavilar cómo medirlo, y como siempre he sido más cuantitativo que cualitativo (me parece menos arbitrario), acabé por decidir enumerar todos mis amores y todos mis temores (como buenos antagonistas, son hermanos gemelos que se odian tanto como se quieren, que se detestan tanto como se necesitan) y con la música del francés de fondo de aquel profesor, tarareando canciones llenas de aproximaciones infinitas y límites divergentes, pensé que el primero de todos mis temores era que nunca perdiera una virginidad que me perseguía impenitente e impertinente hasta pasados los veinticinco, el segundo que los científicos volvieran a obedecer a los políticos que sacrificaban ciudades con el caldo de invenciones que devoraban ciudades en segundos; el tercer temor, que los científicos no desobedecieran a los políticos que les prohibían investigar con células de embriones humanos, el cuarto que Chiara dejara de ver Il grande fratello en la parabólica para quitarme punti neri, esos en los que ella adivina, lo se por la intensidad de su mirada, escondidos todos mis defectos; el cuarto, que mamá se muera...

          -Señor, haga el favor de salir a la pizarra a terminar de resolver la singularidad que le planteo - le dijo de entre el centenar de alumnos al compañero que había a mi siniestra.

          Un pánico demasiado terrible, acompañado de sudoraciones de manos (el bolígrafo se me resbalaba entre las manos), de una intensidad de mirada desproporcionada en los jeroglíficos que se me mostraban ante mis hojos, fueron el ruido de fondo del inmenso MIEDO a que yo fuera el siguiente en resolver singularidades que no advertía; eso me impidió terminar la lista. Louise Bourgeois hizo ese trabajo por mí, y lo expuso en las buhardillas del Ermitage, donde nos invitaban, por puro placer estético, a probar manjares en forma de vísceras humanas(107).


Volver atras   Subir      Por Javier Nodrás. Escribe al autor de este articulo