Quizás lo único que recuerde de lo que me enseñó aquel
profesor de Cálculo Diferencial en la Ecole Speciale des Travaux Public
de París, vecina a Saint Severin, sean las primeras palabras con que comenzó
su curso. Todo lo que no puede medirse no existe, nos dijo sentado en la mesa
frente al auditorio que temblaba cada vez que la línea del R.E.R. le recorría
las entrañas, antes de darse la vuelta, empuñar la tiza y comenzar
a dibujar números (los matemáticos no los escriben, los dibujan
-escribirlos queda para los que al hacerlo no tienen la sensación de estarlos
inventando); yo, mientras tanto, ya había dejado de pensar en descrifrarles
el alma a las matemáticas que el nos explicaba, y cobijaba mi entendimiento
en cómo medir la materia más íntima de mi vida, el miedo,
algo que siempre me acompañaba, que siempre supuse a mi lado, pero que
nunca había pensado en medir, y mientras él comenzaba a ensortijar
unos pensamientos en otros, mientras se le comenzaban a anegar las pizarras de
ecuaciones polimórficas de grado cuarto, de teoremas hermosos, esbeltos
y sólidos como catedrales góticas, comencé a cavilar cómo
medirlo, y como siempre he sido más cuantitativo que cualitativo (me parece
menos arbitrario), acabé por decidir enumerar todos mis amores y todos
mis temores (como buenos antagonistas, son hermanos gemelos que se odian tanto
como se quieren, que se detestan tanto como se necesitan) y con la música
del francés de fondo de aquel profesor, tarareando canciones llenas de
aproximaciones infinitas y límites divergentes, pensé que el primero
de todos mis temores era que nunca perdiera una virginidad que me perseguía
impenitente e impertinente hasta pasados los veinticinco, el segundo que los científicos
volvieran a obedecer a los políticos que sacrificaban ciudades con el caldo
de invenciones que devoraban ciudades en segundos; el tercer temor, que los científicos
no desobedecieran a los políticos que les prohibían investigar con
células de embriones humanos, el cuarto que Chiara dejara de ver Il grande
fratello en la parabólica para quitarme punti neri, esos en los que ella
adivina, lo se por la intensidad de su mirada, escondidos todos mis defectos;
el cuarto, que mamá se muera...
-Señor, haga el favor de salir a la pizarra a terminar de resolver la singularidad
que le planteo - le dijo de entre el centenar de alumnos al compañero que
había a mi siniestra.
Un pánico demasiado terrible, acompañado de sudoraciones de manos
(el bolígrafo se me resbalaba entre las manos), de una intensidad de
mirada desproporcionada en los jeroglíficos que se me mostraban ante
mis hojos, fueron el ruido de fondo del inmenso MIEDO a que yo fuera el siguiente
en resolver singularidades que no advertía; eso me impidió terminar
la lista. Louise Bourgeois hizo ese trabajo por mí, y lo expuso en las
buhardillas del Ermitage, donde nos invitaban, por puro placer estético,
a probar manjares en forma de vísceras humanas(107).
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